Sin saberlo, ayer me enfrenté a
lo que hoy, tras leer el texto de Nubiola sobre el pragmatismo, he reconocido
como pluralismo vulgar. Todo comenzó con una discusión sobre el Lenguaje castellano.
Yo le preguntaba a mi amigo sobre su uso del lenguaje y le planteaba la
particular ofensa que me supone que en general, hagamos un uso poco correcto de
la Lengua.
Le pregunté por qué en su
Facebook escribía siempre en mayúsculas y cambiaba la letra “q” por la “k”
cuando no era necesario.
A lo que él me respondió: - “¿Y
por qué no? Mi Facebook es como mi casa. Tú, en tu casa, vas vestido como
quieres y si hace calor vas en calzoncillos; en cambio, si vas a bajar a la
calle tienes que ir adecuado a la situación”. Y añadió en tono irónico: “Obviamente
si tengo una entrevista de trabajo o una reunión con un académico de la lengua no
le hablaré así”.
Para afianzar sus argumentos,
continuó diciendo que consideraba que determinadas reglas de la lengua no eran
necesarias en el uso habitual de esta, como era el caso de la “b” y la “v” o de
la “h” que no se pronunciaba, pero se escribía.
Y lo argumentó de la siguiente
manera: “Si ambas palabras se pronuncian igual, ¿por qué hemos de escribirlas
de forma distinta?”.
- Le respondí: porque tienen
distintas acepciones, para distinguirlas.
No conforme siguió argumentando
que no era necesario, pues muchas palabras de nuestro vocabulario son homónimas
y se entienden por el contexto en el que nos las encontramos. Además sostenía
que hoy en día tampoco hacíamos un uso “ortodoxo” del lenguaje pues la “ll” y
la “y” no eran pronunciadas correctamente ya que con los años se había perdido
su exacta dicción.
Asimismo cuestionaba por qué los
miembros de la Real Academia Española podían quitar y poner letras y normas a
su antojo, como era el caso de la “ch” que resultó eliminada de nuestro
abecedario.
Traté de explicarle, en mi
humilde defensa como estudiante de comunicación, que si se continuaba con esa
reducción del vocabulario, es decir, si la palabra vaca significaba tanto baca
del coche como vaca en referencia al animal, estábamos limitando aún más
nuestro vocabulario. Pues a una misma palabra le atribuíamos dos acepciones y
por tanto, prescindíamos de una palabra más en nuestro lenguaje. Y a mi
parecer, una teoría reduccionista del lenguaje lleva también a una reducción de
nuestro pensamiento, pues limitamos nuestra capacidad de expresión. Un ejemplo
de este reduccionismo es el uso del lenguaje que presenta Orwell en su obra
1984 para con ello conseguir una población más ignorante y como consecuencia,
más fácil de manejar y sumisa.
Finalmente, he de decir en mi
contra, que creo no logré convencerle. Aunque terminó por comprender lo que yo
trataba de defender. Seguro que si fuera Wittgenstein, quien refutara su teoría
con el lenguaje como vehículo del pensamiento y su dimensión social, le habría
persuadido.
Esta conversación, que resultó
divertida, me trajo a la cabeza las clases de
Filosofía del Lenguaje. Dejaba entrever en mi compañero cierta tendencia
social al pluralismo vulgar del que Rorty acusaba a sus compañeros de
profesión: “Encontrar el verdadero lenguaje en el que la naturaleza estaba
escrita y de tener además la arrogancia de imponer a los demás su lenguaje
preferido bajo la forma de filosofía oficial con pretensiones de verdad
universal”.
Puede parecer un tanto
pretencioso que quiera atribuir un juicio así a mi compañero. Sin embargo,
resulta paradójico también ver que fue él quien suscitó la conversación y que
su primera defensa fue del todo relativista como afirmaba Campoamor: “Nada hay
verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”. Dando
lugar a duda de por qué era menos válido el lenguaje que el proponía que el
actual.
No pretendo al contar esta
pequeña anécdota que mi teoría sea la correcta; sin embargo, estoy de acuerdo
con la afirmación del pragmatista quien
considera que “no debe renunciar a la verdad, sino que aspira a descubrirla, a
forjarla, sometiendo el propio parecer al contraste empírico y a la discusión
con los iguales”. “El pluralismo estriba
no solo en afirmar que hay diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino
que como dice Cavell, hay maneras mejores y peores y que las teorías son
creaciones humanas significa que deben ser
reemplazadas, corregidas y mejoradas conforme descubramos versiones mejores o
más refinadas”.
Esta reflexión me lleva también a
su aplicación en el campo de la política y a identificarme con la noción
filosófica de que quienes se dediquen a ella “logren aunar en un mismo campo de
actividad intelectual el rigor lógico y la relevancia humana”. Y así lograr una
forma de vida filosófica en la que se articulen la confianza en la capacidad de
nuestra razón y el simultáneo reconocimiento de sus flaquezas y límites”.
Considero que se debe luchar
contra el paradigma moderno de una fe ciega en la ciencia, pues esta con todos
los avances que se le atribuyen como el dominio de las fuerzas naturales, que
yo no niego sea cierto, no siempre ha obedecido al fin de lograr una mejor
organización de la convivencia social. Pues son muchos los logros de la
tecnología armamentística y esta, se aleja a cada éxito, de una mejor
convivencia social.
Como son muchos los políticos
financieros, que por priorizar los intereses económicos, han violado valores
éticos y humanos. Alejándose de cualquier bien social.
“La aplicación de la inteligencia
a los problemas morales es en sí misma una obligación moral” como lo debería
ser también en la política. Pues si relegamos en esta la relevancia humana
olvidamos su fin último y caemos en el más fangoso barrizal del que Pierce
habla. Por ello, no podemos negar la tendencia al perfeccionamiento propia
del ser humano y el enriquecimiento de distintas posturas hasta alcanzar el
consenso, el bien común y por tanto, la verdad. Como dice Pierce: “No es la
verdad fruto del consenso, sino más bien es el consenso fruto de la verdad”.
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