martes, 9 de abril de 2013

Pragmatismo vulgar vs. Pragmatismo pluralista



Sin saberlo, ayer me enfrenté a lo que hoy, tras leer el texto de Nubiola sobre el pragmatismo, he reconocido como pluralismo vulgar. Todo comenzó con una discusión sobre el Lenguaje castellano. Yo le preguntaba a mi amigo sobre su uso del lenguaje y le planteaba la particular ofensa que me supone que en general, hagamos un uso poco correcto de la Lengua.
Le pregunté por qué en su Facebook escribía siempre en mayúsculas y cambiaba la letra “q” por la “k” cuando no era necesario.
A lo que él me respondió: - “¿Y por qué no? Mi Facebook es como mi casa. Tú, en tu casa, vas vestido como quieres y si hace calor vas en calzoncillos; en cambio, si vas a bajar a la calle tienes que ir adecuado a la situación”. Y añadió en tono irónico: “Obviamente si tengo una entrevista de trabajo o una reunión con un académico de la lengua no le hablaré así”.

Para afianzar sus argumentos, continuó diciendo que consideraba que determinadas reglas de la lengua no eran necesarias en el uso habitual de esta, como era el caso de la “b” y la “v” o de la “h” que no se pronunciaba, pero se escribía.
Y lo argumentó de la siguiente manera: “Si ambas palabras se pronuncian igual, ¿por qué hemos de escribirlas de forma distinta?”.
- Le respondí: porque tienen distintas acepciones, para distinguirlas.

No conforme siguió argumentando que no era necesario, pues muchas palabras de nuestro vocabulario son homónimas y se entienden por el contexto en el que nos las encontramos. Además sostenía que hoy en día tampoco hacíamos un uso “ortodoxo” del lenguaje pues la “ll” y la “y” no eran pronunciadas correctamente ya que con los años se había perdido su exacta dicción.
Asimismo cuestionaba por qué los miembros de la Real Academia Española podían quitar y poner letras y normas a su antojo, como era el caso de la “ch” que resultó eliminada de nuestro abecedario.

Traté de explicarle, en mi humilde defensa como estudiante de comunicación, que si se continuaba con esa reducción del vocabulario, es decir, si la palabra vaca significaba tanto baca del coche como vaca en referencia al animal, estábamos limitando aún más nuestro vocabulario. Pues a una misma palabra le atribuíamos dos acepciones y por tanto, prescindíamos de una palabra más en nuestro lenguaje. Y a mi parecer, una teoría reduccionista del lenguaje lleva también a una reducción de nuestro pensamiento, pues limitamos nuestra capacidad de expresión. Un ejemplo de este reduccionismo es el uso del lenguaje que presenta Orwell en su obra 1984 para con ello conseguir una población más ignorante y como consecuencia, más fácil de manejar y sumisa.

Finalmente, he de decir en mi contra, que creo no logré convencerle. Aunque terminó por comprender lo que yo trataba de defender. Seguro que si fuera Wittgenstein, quien refutara su teoría con el lenguaje como vehículo del pensamiento y su dimensión social, le habría persuadido.

Esta conversación, que resultó divertida, me trajo a la cabeza las clases de  Filosofía del Lenguaje. Dejaba entrever en mi compañero cierta tendencia social al pluralismo vulgar del que Rorty acusaba a sus compañeros de profesión: “Encontrar el verdadero lenguaje en el que la naturaleza estaba escrita y de tener además la arrogancia de imponer a los demás su lenguaje preferido bajo la forma de filosofía oficial con pretensiones de verdad universal”.
Puede parecer un tanto pretencioso que quiera atribuir un juicio así a mi compañero. Sin embargo, resulta paradójico también ver que fue él quien suscitó la conversación y que su primera defensa fue del todo relativista como afirmaba Campoamor: “Nada hay verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”. Dando lugar a duda de por qué era menos válido el lenguaje que el proponía que el actual.

No pretendo al contar esta pequeña anécdota que mi teoría sea la correcta; sin embargo, estoy de acuerdo con la afirmación del  pragmatista quien considera que “no debe renunciar a la verdad, sino que aspira a descubrirla, a forjarla, sometiendo el propio parecer al contraste empírico y a la discusión con los iguales”.  “El pluralismo estriba no solo en afirmar que hay diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino que como dice Cavell, hay maneras mejores y peores y que las teorías son creaciones humanas significa que deben ser reemplazadas, corregidas y mejoradas conforme descubramos versiones mejores o más refinadas”.

Esta reflexión me lleva también a su aplicación en el campo de la política y a identificarme con la noción filosófica de que quienes se dediquen a ella “logren aunar en un mismo campo de actividad intelectual el rigor lógico y la relevancia humana”. Y así lograr una forma de vida filosófica en la que se articulen la confianza en la capacidad de nuestra razón y el simultáneo reconocimiento de sus flaquezas y límites”.

Considero que se debe luchar contra el paradigma moderno de una fe ciega en la ciencia, pues esta con todos los avances que se le atribuyen como el dominio de las fuerzas naturales, que yo no niego sea cierto, no siempre ha obedecido al fin de lograr una mejor organización de la convivencia social. Pues son muchos los logros de la tecnología armamentística y esta, se aleja a cada éxito, de una mejor convivencia social.
Como son muchos los políticos financieros, que por priorizar los intereses económicos, han violado valores éticos y humanos. Alejándose de cualquier bien social.

“La aplicación de la inteligencia a los problemas morales es en sí misma una obligación moral” como lo debería ser también en la política. Pues si relegamos en esta la relevancia humana olvidamos su fin último y caemos en el más fangoso barrizal del que Pierce habla. Por ello, no podemos negar la tendencia al perfeccionamiento propia del ser humano y el enriquecimiento de distintas posturas hasta alcanzar el consenso, el bien común y por tanto, la verdad. Como dice Pierce: “No es la verdad fruto del consenso, sino más bien es el consenso fruto de la verdad”. 

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