miércoles, 13 de marzo de 2013

La Verdad: un mosaico


Muchas veces me he preguntado por la verdad de las cosas, la verdad de aquello que leo, la verdad sobre la música que escucho; la verdad de mis actuaciones e incluso sobre la verdad de la existencia humana.
De esas ocasiones, no pocas, me ha entristecido ver que la verdad no flotaba; otros intereses pesaban sobre ella y la hundían en un mar de medias tintas. De no ser así, también he visto despuntar a la incoherencia: principal responsable de la ausencia de verdad.

No obstante, he tenido también el placer de verla brillar solemne en un texto de Rilke y en la belleza de la música de Pearl Jam. Cuando esto ha ocurrido, no he dudado de que la verdad existía y estaba delante de mis ojos, la podía sentir en mis oídos y con forma de palabras en un folio.
Pero si he de ser sincera (valga la verdad) nunca la he sentido tan real como en la acción y en las relaciones humanas.

Como escribió Pierce: Las vidas de aquellos que buscan la verdad están animadas por el impulso de penetrar en la razón de las cosas”. Me parece necesario recalcar el porqué de las cosas ya que considero que es el motor de la vida. Y sino que se lo pregunten a mi sobrino de tres años que más filósofo que nadie no deja de preguntar por qué hacemos tal o cual cosa cada 10 minutos: ¿Y por qué? 
Cuando era pequeña me regalaron un libro que se llamaba: “El libro de los porqués”. Se trataba de un libro muy sencillo que se preguntaba el por qué de algunas cosas como: ¿Por qué necesitamos aire para respirar? El propio libro daba respuestas más o menos científicas teniendo en cuenta que estaba orientado a niños. Con 7 u 8 años ese libro daba contestación a muchas de mis preguntas; aunque no a todas. Conforme crecí, dejé de pensar que la verdad de la vida la encontraría en un libro, aunque no por ello dejé de leer. Siempre la encuentro fragmentada en este o aquel, en la música. 

“Como ha escrito Polo, es la verdad la que encarga la tarea al pensar. La inteligencia se pone en marcha para ver si puede articular un discurso que esté de acuerdo con la verdad”.

Es aquí, donde para mí, reside la clave de la verdad: en articular un discurso. ¿Y qué discurso hay que dure más que la propia vida? Antes he mencionado que donde más viva he sentido la verdad ha sido en el acto. Puede que porque en el acto quepa siempre la perfección y la mejora. Y como ya sabemos, el acto a través del pensamiento es el principal configurador del ser humano. ¿Acaso no existe verdad en el perdón si este es sincero? Pues se trata de la corrección de un gesto, palabra u acto que atiende a la verdad misma del perfeccionamiento humano. Se trata de la adecuación entre un sentimiento y un discurso. No hay más verdad que la coherencia pura.

Hace un par de días me preguntaba Nubiola cuándo era más Nora cuando escribía de forma espontánea lo que me venía o cuando corregía mis errores.  Precipitadamente contesté que cuando lo hacía de forma espontánea. Sin embargo, no logré ver que por lo que me preguntaba el profesor de filosofía era por la verdad de las cosas.


"Es totalmente verdad —escribe Peirce a Lady Welby— que nunca podemos alcanzar un conocimiento de las cosas tal como son. Podemos conocer sólo su aspecto humano. Pero ése es todo el universo que existe para nosotros".
Quizá por eso muchas veces tratamos de ver la verdad como una realidad inconmensurable a la que tratamos de llegar por medio de diferentes primas -sin caer en el relativismo- ya que independientemente del prisma que usemos estamos más cerca de la verdad con la empatía que con el individualismo.
Tal y como explica Peirce la única cara que podemos enfrentar de la verdad es la humana donde yo añado: y el fin último de la verdad es mover a la acción. Porque como también dice Wittgenstein: “Lo que siquiera puede ser dicho, puede ser dicho claramente; y de lo que no se puede hablar hay que callar”. Por tanto, carece de sentido en muchas ocasiones tratar de absolutizar la verdad como algo inalcanzable pues en el más pequeño gesto podemos encontrarla.

Un mosaico resulta bello; sin embargo, cuando lo estamos formando solo podemos apreciar la belleza de sus pequeñas piezas por separado llenas de color. Y solo podemos ver el color que usamos cuando lo estamos formando; pero no es menos valiosa esa pequeña pieza que todo el mosaico porque sin ella no existiría tal mosaico. Lo mismo que con un puzzle.
Por ello y desde mi más modesto prisma, considero que la verdad no la debemos buscar en lo alto sino en los pequeños cristales porque quizá un día podamos hacer una foto aérea y contemplar aquello que hemos formado. En mi propio mosaico he dado con la verdad, pero también y demasiadas veces con la incoherencia, siempre al acecho. No me queda pues, nada más que seguir pegando cristales y si es necesario, quitar uno feo y destruido y buscar otro mejor porque al final de eso trata la verdad: de perfeccionamiento. 

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