Muchas veces me he preguntado por
la verdad de las cosas, la verdad de aquello que leo, la verdad sobre la música
que escucho; la verdad de mis actuaciones e incluso sobre la verdad de la
existencia humana.
De esas ocasiones, no pocas, me
ha entristecido ver que la verdad no flotaba; otros intereses pesaban sobre
ella y la hundían en un mar de medias tintas. De no ser así, también he visto
despuntar a la incoherencia: principal responsable de la ausencia de verdad.
No obstante, he tenido también el
placer de verla brillar solemne en un texto de Rilke y en la belleza de la
música de Pearl Jam. Cuando esto ha ocurrido, no he dudado de que la verdad
existía y estaba delante de mis ojos, la podía sentir en mis oídos y con forma
de palabras en un folio.
Pero si he de ser sincera (valga
la verdad) nunca la he sentido tan real como en la acción y en las relaciones
humanas.
Como escribió Pierce: Las vidas
de aquellos que buscan la verdad están animadas por el impulso de penetrar en
la razón de las cosas”. Me parece necesario recalcar el porqué de las cosas ya
que considero que es el motor de la vida. Y sino que se lo pregunten a mi
sobrino de tres años que más filósofo que nadie no deja de preguntar por qué
hacemos tal o cual cosa cada 10 minutos: ¿Y por qué?
Cuando era pequeña me regalaron
un libro que se llamaba: “El libro de los porqués”. Se trataba de un libro muy
sencillo que se preguntaba el por qué de algunas cosas como: ¿Por qué
necesitamos aire para respirar? El propio libro daba respuestas más o menos
científicas teniendo en cuenta que estaba orientado a niños. Con 7 u 8 años ese
libro daba contestación a muchas de mis preguntas; aunque no a todas. Conforme
crecí, dejé de pensar que la verdad de la vida la encontraría en un libro,
aunque no por ello dejé de leer. Siempre la encuentro fragmentada en este o
aquel, en la música.
“Como ha escrito Polo, es la
verdad la que encarga la tarea al pensar. La inteligencia se pone en marcha
para ver si puede articular un discurso que esté de acuerdo con la verdad”.
Es aquí, donde para mí, reside la
clave de la verdad: en articular un discurso. ¿Y qué discurso hay que dure más
que la propia vida? Antes he mencionado que donde más viva he sentido la verdad
ha sido en el acto. Puede que porque en el acto quepa siempre la perfección y
la mejora. Y como ya sabemos, el acto a través del pensamiento es el principal
configurador del ser humano. ¿Acaso no existe verdad en el perdón si este es
sincero? Pues se trata de la corrección de un gesto, palabra u acto que atiende
a la verdad misma del perfeccionamiento humano. Se trata de la adecuación entre
un sentimiento y un discurso. No hay más verdad que la coherencia pura.
Hace un par de días me preguntaba
Nubiola cuándo era más Nora cuando escribía de forma espontánea lo que me venía
o cuando corregía mis errores.
Precipitadamente contesté que cuando lo hacía de forma espontánea. Sin
embargo, no logré ver que por lo que me preguntaba el profesor de filosofía era
por la verdad de las cosas.
"Es totalmente verdad —escribe Peirce a
Lady Welby— que nunca podemos alcanzar un conocimiento de las cosas tal como
son. Podemos conocer sólo su aspecto humano. Pero ése es todo el universo que
existe para nosotros".
Quizá por eso muchas veces tratamos de ver la
verdad como una realidad inconmensurable a la que tratamos de llegar por medio
de diferentes primas -sin caer en el relativismo- ya que independientemente del
prisma que usemos estamos más cerca de la verdad con la empatía que con el
individualismo.
Tal y como explica Peirce la única cara que
podemos enfrentar de la verdad es la humana donde yo añado: y el fin último de
la verdad es mover a la acción. Porque como también dice Wittgenstein: “Lo que
siquiera puede ser dicho, puede ser dicho claramente; y de lo que no se puede
hablar hay que callar”. Por tanto, carece de sentido en muchas ocasiones tratar
de absolutizar la verdad como algo inalcanzable pues en el más pequeño gesto
podemos encontrarla.
Un mosaico resulta bello; sin embargo, cuando
lo estamos formando solo podemos apreciar la belleza de sus pequeñas piezas por
separado llenas de color. Y solo podemos ver el color que usamos cuando lo
estamos formando; pero no es menos valiosa esa pequeña pieza que todo el
mosaico porque sin ella no existiría tal mosaico. Lo mismo que con un puzzle.
Por ello y desde mi más modesto prisma,
considero que la verdad no la debemos buscar en lo alto sino en los pequeños
cristales porque quizá un día podamos hacer una foto aérea y contemplar aquello
que hemos formado. En mi propio mosaico he dado con la verdad, pero también y
demasiadas veces con la incoherencia, siempre al acecho. No me queda pues, nada
más que seguir pegando cristales y si es necesario, quitar uno feo y destruido
y buscar otro mejor porque al final de eso trata la verdad: de
perfeccionamiento.
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