jueves, 25 de abril de 2013

PI, FE EN EL CAOS





http://www.youtube.com/watch?v=PmeKVGkLogc


“Porque sólo puede existir duda donde existe una pregunta, una pregunta sólo
donde existe una respuesta, y ésta, sólo donde algo puede ser dicho. Sentimos que aun
cuando todas las posibles cuestiones científicas hayan recibido respuesta, nuestros
problemas vitales todavía no se han rozado lo más mínimo. Por supuesto que entonces
ya no queda pregunta alguna; y esto es precisamente la respuesta”.

Cuando leí este fragmento del Tractactus, de forma inmediata vino a mi mente
una película del director Aronofsky que vi hace no mucho: “Pi, fe en el caos”.

Esta obra trata de un matemático llamado Max Cohen quien, mediante fórmulas
numéricas y algoritmos, trata de dar respuesta al caos que envuelve la bolsa bursátil.
Puesto que no puede encontrar una respuesta lógica a toda esta secuencia de números
trata de resolver estos enigmas de forma matemática.

Este singular personaje goza además de una extraordinaria habilidad para la
resolución de operaciones matemáticas y logra dar con resultados astronómicos usando
tan solo su mente. Sin embargo, no todo son aspectos positivos en la vida de nuestro
personaje ya que se trata de una persona con una disfunción social que además, padece
dolores crónicos de cabeza desde que siendo niño se quedó mirando al sol fijamente.

Dicho acto le concedió el don de las matemáticas, pero también las insoportables
jaquecas que trata de paliar automedicándose.

Tras investigar profundamente las constantes que subyacen a los números, llega a
él un rabino que trata de desentrañar la Torá numéricamente. Entiende la Torá como una
cadena de números, un código divino enviado por Dios; y el hebreo, como un sistema
lógico-numérico. Max da con la teoría de Fibonacci, la expresión áurea y las series de
espirales que rigen la naturaleza. Así el desdichado matemático se plantea una nueva
hipótesis: “El universo está formado de números. ¿Y si estamos formados de espirales
mientras que vivimos en una espiral gigante? Resulta obsesiva para él esta búsqueda de
la verdad a través de los números.

Tanto Max Cohen como Wittgenstein tratan sus respectivas disciplinas,
matemática y filosofía, como la clarificación lógica de los pensamientos. Wittgenstein
se pregunta en el Tractactus: “¿Acaso no corresponde mi estudio del lenguaje sígnico al
estudio de los procesos de pensamiento que los filósofos consideraban tan esencial para
la filosofía de la lógica?” Ambos se preguntan por el sentido del mundo, la búsqueda
del conocimiento, el misterio de la vida y el ser. Para los dos la respuesta que buscan
está oculta tras un código: el lenguaje y la matemática.

Mientras que Max encuentra los problemas de la incomprensión del mundo en
descifrar el número Pi; Wittgenstein se plantea lo siguiente: “La mayor parte de los
interrogantes y proposiciones de los filósofos estriban en nuestra falta de comprensión

de nuestra lógica lingüística”.

Lo enigmático de esto reside en que la realidad no se refleja aparentemente en el
lenguaje como el mundo no se representa por entero en las matemáticas. Sin embargo,
Wittgenstein también tiene en cuenta este hecho y afirma: “Pero tampoco la notación
musical parece ser a primera vista figura alguna de la música, ni nuestra escritura
fonética (el alfabeto), figura alguna de nuestro lenguaje hablado.”

Resulta paradójico que en esta película, al igual que en el Tractatus, son más
los espacios que deja abiertos a la interpretación que aquellos que concluye con una
respuesta única. Estas obras nos sitúan ante preguntas trascendentales, es decir, ante un
intento de comprender el misterio, la divinidad, a Dios.

Cuando al fin Max, logra dar con el enigma de Pi y resolverlo, este enloquece
por conocer lo desconocido, tocar lo infinito a través del límite de la finitud. Es tal el
conocimiento que posee que decide acabar de forma drástica con su don encontrándose
muy cerca de acabar con su vida. Cuando esto ocurre, Max se convierte en una persona
normal que al igual que Wittgenstein decide no hablar de lo indecible, no caer en el
absurdo.

“Mis proposiciones esclarecen porque quien me entiende las reconoce al final
como absurdas, cuando a través de ellas –sobre ellas- ha salido fuera de ellas. (Tiene,
por así decirlo, que arrojar la escalera después de haber subido por ella). Tiene que
superar estas proposiciones; entonces ve correctamente el mundo.”

Y es eso mismo lo que hace el señor Cohen: logra ver el mundo, pero arroja la
escalera por la que ha ascendido al conocimiento, acaba con el don que le ha llevado a
trascender los números y captar la esencia.

Concluye Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar hay que callar.”

martes, 9 de abril de 2013

Pragmatismo vulgar vs. Pragmatismo pluralista



Sin saberlo, ayer me enfrenté a lo que hoy, tras leer el texto de Nubiola sobre el pragmatismo, he reconocido como pluralismo vulgar. Todo comenzó con una discusión sobre el Lenguaje castellano. Yo le preguntaba a mi amigo sobre su uso del lenguaje y le planteaba la particular ofensa que me supone que en general, hagamos un uso poco correcto de la Lengua.
Le pregunté por qué en su Facebook escribía siempre en mayúsculas y cambiaba la letra “q” por la “k” cuando no era necesario.
A lo que él me respondió: - “¿Y por qué no? Mi Facebook es como mi casa. Tú, en tu casa, vas vestido como quieres y si hace calor vas en calzoncillos; en cambio, si vas a bajar a la calle tienes que ir adecuado a la situación”. Y añadió en tono irónico: “Obviamente si tengo una entrevista de trabajo o una reunión con un académico de la lengua no le hablaré así”.

Para afianzar sus argumentos, continuó diciendo que consideraba que determinadas reglas de la lengua no eran necesarias en el uso habitual de esta, como era el caso de la “b” y la “v” o de la “h” que no se pronunciaba, pero se escribía.
Y lo argumentó de la siguiente manera: “Si ambas palabras se pronuncian igual, ¿por qué hemos de escribirlas de forma distinta?”.
- Le respondí: porque tienen distintas acepciones, para distinguirlas.

No conforme siguió argumentando que no era necesario, pues muchas palabras de nuestro vocabulario son homónimas y se entienden por el contexto en el que nos las encontramos. Además sostenía que hoy en día tampoco hacíamos un uso “ortodoxo” del lenguaje pues la “ll” y la “y” no eran pronunciadas correctamente ya que con los años se había perdido su exacta dicción.
Asimismo cuestionaba por qué los miembros de la Real Academia Española podían quitar y poner letras y normas a su antojo, como era el caso de la “ch” que resultó eliminada de nuestro abecedario.

Traté de explicarle, en mi humilde defensa como estudiante de comunicación, que si se continuaba con esa reducción del vocabulario, es decir, si la palabra vaca significaba tanto baca del coche como vaca en referencia al animal, estábamos limitando aún más nuestro vocabulario. Pues a una misma palabra le atribuíamos dos acepciones y por tanto, prescindíamos de una palabra más en nuestro lenguaje. Y a mi parecer, una teoría reduccionista del lenguaje lleva también a una reducción de nuestro pensamiento, pues limitamos nuestra capacidad de expresión. Un ejemplo de este reduccionismo es el uso del lenguaje que presenta Orwell en su obra 1984 para con ello conseguir una población más ignorante y como consecuencia, más fácil de manejar y sumisa.

Finalmente, he de decir en mi contra, que creo no logré convencerle. Aunque terminó por comprender lo que yo trataba de defender. Seguro que si fuera Wittgenstein, quien refutara su teoría con el lenguaje como vehículo del pensamiento y su dimensión social, le habría persuadido.

Esta conversación, que resultó divertida, me trajo a la cabeza las clases de  Filosofía del Lenguaje. Dejaba entrever en mi compañero cierta tendencia social al pluralismo vulgar del que Rorty acusaba a sus compañeros de profesión: “Encontrar el verdadero lenguaje en el que la naturaleza estaba escrita y de tener además la arrogancia de imponer a los demás su lenguaje preferido bajo la forma de filosofía oficial con pretensiones de verdad universal”.
Puede parecer un tanto pretencioso que quiera atribuir un juicio así a mi compañero. Sin embargo, resulta paradójico también ver que fue él quien suscitó la conversación y que su primera defensa fue del todo relativista como afirmaba Campoamor: “Nada hay verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”. Dando lugar a duda de por qué era menos válido el lenguaje que el proponía que el actual.

No pretendo al contar esta pequeña anécdota que mi teoría sea la correcta; sin embargo, estoy de acuerdo con la afirmación del  pragmatista quien considera que “no debe renunciar a la verdad, sino que aspira a descubrirla, a forjarla, sometiendo el propio parecer al contraste empírico y a la discusión con los iguales”.  “El pluralismo estriba no solo en afirmar que hay diversas maneras de pensar acerca de las cosas, sino que como dice Cavell, hay maneras mejores y peores y que las teorías son creaciones humanas significa que deben ser reemplazadas, corregidas y mejoradas conforme descubramos versiones mejores o más refinadas”.

Esta reflexión me lleva también a su aplicación en el campo de la política y a identificarme con la noción filosófica de que quienes se dediquen a ella “logren aunar en un mismo campo de actividad intelectual el rigor lógico y la relevancia humana”. Y así lograr una forma de vida filosófica en la que se articulen la confianza en la capacidad de nuestra razón y el simultáneo reconocimiento de sus flaquezas y límites”.

Considero que se debe luchar contra el paradigma moderno de una fe ciega en la ciencia, pues esta con todos los avances que se le atribuyen como el dominio de las fuerzas naturales, que yo no niego sea cierto, no siempre ha obedecido al fin de lograr una mejor organización de la convivencia social. Pues son muchos los logros de la tecnología armamentística y esta, se aleja a cada éxito, de una mejor convivencia social.
Como son muchos los políticos financieros, que por priorizar los intereses económicos, han violado valores éticos y humanos. Alejándose de cualquier bien social.

“La aplicación de la inteligencia a los problemas morales es en sí misma una obligación moral” como lo debería ser también en la política. Pues si relegamos en esta la relevancia humana olvidamos su fin último y caemos en el más fangoso barrizal del que Pierce habla. Por ello, no podemos negar la tendencia al perfeccionamiento propia del ser humano y el enriquecimiento de distintas posturas hasta alcanzar el consenso, el bien común y por tanto, la verdad. Como dice Pierce: “No es la verdad fruto del consenso, sino más bien es el consenso fruto de la verdad”. 

miércoles, 13 de marzo de 2013

La Verdad: un mosaico


Muchas veces me he preguntado por la verdad de las cosas, la verdad de aquello que leo, la verdad sobre la música que escucho; la verdad de mis actuaciones e incluso sobre la verdad de la existencia humana.
De esas ocasiones, no pocas, me ha entristecido ver que la verdad no flotaba; otros intereses pesaban sobre ella y la hundían en un mar de medias tintas. De no ser así, también he visto despuntar a la incoherencia: principal responsable de la ausencia de verdad.

No obstante, he tenido también el placer de verla brillar solemne en un texto de Rilke y en la belleza de la música de Pearl Jam. Cuando esto ha ocurrido, no he dudado de que la verdad existía y estaba delante de mis ojos, la podía sentir en mis oídos y con forma de palabras en un folio.
Pero si he de ser sincera (valga la verdad) nunca la he sentido tan real como en la acción y en las relaciones humanas.

Como escribió Pierce: Las vidas de aquellos que buscan la verdad están animadas por el impulso de penetrar en la razón de las cosas”. Me parece necesario recalcar el porqué de las cosas ya que considero que es el motor de la vida. Y sino que se lo pregunten a mi sobrino de tres años que más filósofo que nadie no deja de preguntar por qué hacemos tal o cual cosa cada 10 minutos: ¿Y por qué? 
Cuando era pequeña me regalaron un libro que se llamaba: “El libro de los porqués”. Se trataba de un libro muy sencillo que se preguntaba el por qué de algunas cosas como: ¿Por qué necesitamos aire para respirar? El propio libro daba respuestas más o menos científicas teniendo en cuenta que estaba orientado a niños. Con 7 u 8 años ese libro daba contestación a muchas de mis preguntas; aunque no a todas. Conforme crecí, dejé de pensar que la verdad de la vida la encontraría en un libro, aunque no por ello dejé de leer. Siempre la encuentro fragmentada en este o aquel, en la música. 

“Como ha escrito Polo, es la verdad la que encarga la tarea al pensar. La inteligencia se pone en marcha para ver si puede articular un discurso que esté de acuerdo con la verdad”.

Es aquí, donde para mí, reside la clave de la verdad: en articular un discurso. ¿Y qué discurso hay que dure más que la propia vida? Antes he mencionado que donde más viva he sentido la verdad ha sido en el acto. Puede que porque en el acto quepa siempre la perfección y la mejora. Y como ya sabemos, el acto a través del pensamiento es el principal configurador del ser humano. ¿Acaso no existe verdad en el perdón si este es sincero? Pues se trata de la corrección de un gesto, palabra u acto que atiende a la verdad misma del perfeccionamiento humano. Se trata de la adecuación entre un sentimiento y un discurso. No hay más verdad que la coherencia pura.

Hace un par de días me preguntaba Nubiola cuándo era más Nora cuando escribía de forma espontánea lo que me venía o cuando corregía mis errores.  Precipitadamente contesté que cuando lo hacía de forma espontánea. Sin embargo, no logré ver que por lo que me preguntaba el profesor de filosofía era por la verdad de las cosas.


"Es totalmente verdad —escribe Peirce a Lady Welby— que nunca podemos alcanzar un conocimiento de las cosas tal como son. Podemos conocer sólo su aspecto humano. Pero ése es todo el universo que existe para nosotros".
Quizá por eso muchas veces tratamos de ver la verdad como una realidad inconmensurable a la que tratamos de llegar por medio de diferentes primas -sin caer en el relativismo- ya que independientemente del prisma que usemos estamos más cerca de la verdad con la empatía que con el individualismo.
Tal y como explica Peirce la única cara que podemos enfrentar de la verdad es la humana donde yo añado: y el fin último de la verdad es mover a la acción. Porque como también dice Wittgenstein: “Lo que siquiera puede ser dicho, puede ser dicho claramente; y de lo que no se puede hablar hay que callar”. Por tanto, carece de sentido en muchas ocasiones tratar de absolutizar la verdad como algo inalcanzable pues en el más pequeño gesto podemos encontrarla.

Un mosaico resulta bello; sin embargo, cuando lo estamos formando solo podemos apreciar la belleza de sus pequeñas piezas por separado llenas de color. Y solo podemos ver el color que usamos cuando lo estamos formando; pero no es menos valiosa esa pequeña pieza que todo el mosaico porque sin ella no existiría tal mosaico. Lo mismo que con un puzzle.
Por ello y desde mi más modesto prisma, considero que la verdad no la debemos buscar en lo alto sino en los pequeños cristales porque quizá un día podamos hacer una foto aérea y contemplar aquello que hemos formado. En mi propio mosaico he dado con la verdad, pero también y demasiadas veces con la incoherencia, siempre al acecho. No me queda pues, nada más que seguir pegando cristales y si es necesario, quitar uno feo y destruido y buscar otro mejor porque al final de eso trata la verdad: de perfeccionamiento.